de la guerra y la paz de Tolstoi

9 enero, 2012 § Deja un comentario

En lugar de hombres dotados del poder divino y guiados directamente por la voluntad de Dios, la Historia moderna ha colocado héroes dotados de cualidades extraordinarias, de capacidades sobrehumanas, o bien, sencillamente, hombres de condiciones muy diversas, empezando por monarcas y acabando por periodistas, que guían a las masas. (Epílogo, II,1)

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 No es tanto Napoleón en persona quien se dispone a desempeñar su papel, sino los que le rodean quienes lo preparan para que asuma la responsabilidad de lo que ha de suceder.” (Epílogo, I,3)

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Sólo recordaba un tiempo gris y sombrío, tan pronto con lluvias, tan pronto con nieve, desfallecimiento físico, dolor en las piernas y en un costado… (XV,13)

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Trajeron a los dos siguientes sentenciados, que miraron a todo el mundo con la misma expresión que los otros; sus miradas imploraban socorro en vano. Sin duda no comprendían, no podían creer lo que iba a pasar. Sólo ellos sabían lo que representaban sus vidas y no admitían que se las pudieran arrebatar.

[…] Pierre no le quitaba la vista para no perder un solo movimiento suyo. Probablemente se oyó la voz de mando. Probablemente retumbaron a continuación las descargas de ocho fusiles; pero, por más esfuerzos que hizo Pierre posteriormente, no recordó haber oído nada. Tan sólo vio que, de pronto, aparecía sangre en dos lugares, que las cuerdas cedían bajo el peso del cuerpo y que el condenado se sentaba en el suelo con la cabeza y las piernas curvadas de un modo antinatural. (XII, cap. 11)

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 “…así je faisais d’une pierre deux coups: entregué una víctima al pueblo para apaciguarlo y castigué al malhechor.” (XI, 25)

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Hacía un tiempo frío y claro. Por encima de la penumbra de las sucias calles y de los tejados negros, se elevaba el cielo oscuro y estrellado. Sólo al mirar aquel cielo  Pierre dejaba de sentir la bajeza ofensiva de todo lo terreno al compararlo con la elevación en que se encontraba su alma. A la entrada de la plaza Arbatskaia, una enorme extensión de cielo oscuro y estrellado se desplegó ante sus ojos. Casi en medio  del firmamento, por encima del bulevar Prechistensky, un enorme y brillante cometa, rodeado de estrellas, se distinguía de todas ellas por su proximidad a la tierra, por su luz blanca y larga cola. Era el cometa de 1812, que, según se decía, anunciaba todos los terrores del fin del mundo; mas para él, aquella estrella clara, con su larga cabellera resplandeciente, no anunciaba nada terrible, sino muy al contrario. Con los ojos humedecidos de lágrimas, Pierre contemplaba gozoso aquella estrella clara que con una rapidez vertiginosa recorría, en una línea parabólica, un espacio incalculable y, como una flecha, agujereaba la atmósfera en aquel lugar que había escogido en el cielo sombrío, se detenía desmelenándose la cabellera y lanzando rayos de luz blanca entre aquellos astros radiantes. Para él, aquella estrella parecía corresponder a lo que había en su alma rebosante y enternecida, abierta a una vida nueva.  [VIII, 22]

Speransky

¿Cómo sonará en ruso este pasaje de Tolstoi?:

“El príncipe Andrey lo reconoció en seguida. Se estremeció hasta el fondo de su alma como suele ocurrir en los momentos graves de la vida. ¿Era respeto, envidia o esperanza? No lo sabía. La figura de Speransky tenía un sello particular, por el que se le podía reconocer inmediatamente.”

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“17 años y estoy envejeciendo”

Cómo han cambiado los tiempos y su forma de pensar. En esta novela de León Tolstoi, que se desarrolla alrededor de 1810, se describen los pensamientos de Natasha, muchacha de 17 años, de novia con Andrey de 32 años:

Natasha, que al principio sobrellevaba fácilmente e incluso con alegría la separación con su prometido, se volvía más inquieta y más impaciente a medida que pasaba el tiempo. Le atormentaba incesantemente la idea de que desperdiciaba sus mejores años, que hubiera empleado en quererlo.

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Le ardía la cabeza; se daba cuenta de que se estaba desangrando y veía por encima suyo el cielo lejano e infinito. Sabía que quien estaba allí era Napoleón, su héroe, pero en aquel momento le parecía un hombre pequeño e insignificante en comparación con lo que sucedía entre su alma y aquel cielo sublime e infinito. (III, 19)

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La Providencia obligaba a todos aquellos hombres, que aspiraban a sus objetivos personales, a contribuir a la realización de un resultado único y formidable del que ni uno solo (ni Napoleón ni Alejandro I y, aun menos, uno cualquiera de los que participaban en esta guerra) tenía la mínima idea.

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